Ya es hora de hablar de cómics latinoamericanos, ¿no?

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Boogie, ‘El Aceitoso’, comenzó a publicarse en 1972. La Guerra de Vietnam, uno de los conflictos clave en su vida, todavía no había terminado. Boogie era un mercenario, un natural born killer, un ‘hago todo’ a sueldo. Que si bien como viñeta tiene su origen en Argentina, sus raíces como personaje lo colocan en el ojo del huracán que era Estados Unidos en aquellos años. Hijo sociópata de las novelas negras, de las películas de detectives violentos, encarnación de todo lo que estaba mal (¿y cuánto no sigue estando mal?) en el mundo.

boogie4Pienso a Boogie no sólo en relación a Dashiell Hammett o Harry ‘El Sucio’ sino también en relación a Quino, padre e ideólogo de “Mafalda”, de quien Roberto Fontanarrosa (ideólogo y responsable de Boogie) tomó el consejo de escribir una historieta que desde un principio no tuviera ninguna clase de ataduras, cuya libertad se defendiera desde un primer momento y de ese modo no pudiera ser coartada después. Así, no tuvo miedo de presentar rápidamente a su personaje como un ex militar de todos los lados políticamente incorrectos, un golpeador de mujeres, un racista y oportunista. Boogie no estaba para hacer sentir cómodo a nadie, y si algo paradójicamente lo acercaba a esa pequeña niña argentina que sueña con cambiar el mundo es que ambos, a su manera, eran los hijos directos de una época en que el mundo se volvió demasiado grande, demasiado complejo. Aunque cada uno manifestara sus preocupaciones a su manera.

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Con historias cortas más largas de lo usual (ocupando por entero una página, por el formato de revista) el punch de las tramas de Boogie no se puede decir que recaiga esencialmente en el aspecto cómico. En su ironía máxima, en las expresiones exageradas de sus personajes, hay algo de hilaridad pero que se contrapone a la constante transgresión de los valores establecidos: Boogie burlándose de las mujeres (por igual de las feministas que de las conservadoras), confusiones que irremediablemente terminan en muertes violentas, gags racistas, homofóbicos, orgullosamente ignorantes. Consiguiendo, a través de todo lo políticamente incorrecto, hacer una sátira fantástica de una sociedad hipócrita que condena actos a los que da pie en sí misma. Boogie es, así, esa palanca de acción que permite girar el cristal con el que vemos la sociedad y despojarla de su doble moral, de su hipocresía ultra-conservadora, de sus retórica engañosa y política, desde los aspectos más cotidianos de la vida diaria hasta las consecuencias a nivel mundial (un mundo que, décadas después, no parece haber cambiado demasiado).

boogie6Cualquier parecido con la realidad…

Aunque las historias están llenas de referencias culturales estadounidenses, donde Fontanarrosa decidió centrar la acción de su icónico personaje, es claro que esta estrategia también es un juego de espejos que aparenta alejarnos de la crítica más cercana. Y es que aunque Boogie se la pase comiendo hamburguesas y recorriendo las calles de Nueva York, muchos de los elementos de su poco saludable estilo de vida traspasan las fronteras y son a su vez un reflejo de los problemas sociales de la Argentina de los años 70, hasta la América Latina actual. Con un excelente manejo de la sátira, el autor sabe que no es necesaria la referencia directa para que todos podamos sentirnos aludidos.

boogie7Su formato largo (en comparación con las usuales viñetas de periódico) permite una gran cantidad de estrategias para la estructura de las historias. Boogie, como buen mercenario, se desenvuelve en toda clase de ámbitos donde alguien esté dispuesto a pagar por sus habilidades bélicas, incluso en las situaciones más inimaginables ya que, como él mismo dice, ‘quien ha recogido vísceras de compañeros reventados en Vietnam, no se asquea por nada’. Podemos verlo entonces en sus misiones más usuales, desde su intervención en toda clase de conflictos internacionales hasta encargos locales de asesinato, pero también como guardaespaldas (desde mafiosos hasta padres histéricos), acompañante, diseñador, vendedor, guía de paseos, stripper, psicólogo improvisado. También se rodea de una amplia fauna de personajes que dan pie a sus propias historias, donde el rubio mercenario apenas interviene o se mantiene como testigo para notas al pie, y que a su vez aportan nuevas visiones de esa sociedad violenta y convulsa donde se mueve. Sin restricción de clases y jerarquías sociales se le puede ver acompañando policías, otros mercenarios, jóvenes burgueses admiradores de la violencia, niños, algún que otro familiar aparecido, clientes, amigos de los clientes, y un largo número de amantes y mujeres vejadas a su paso. A pesar de que la historia gire casi siempre alrededor de un gag bastante predecible (al primer vistazo podemos anticipar el chiste racista, el golpe a la mujer, el encargo de un cliente), esa pequeña ventana al mundo hiper-real que es la historieta permite toda clase de combinaciones y giros, consiguiendo que durante las 3 décadas que duró su publicación no llegara a sentirse repetitiva, pese a las claras líneas temáticas sobre las que se mueve, y a pesar del paso del tiempo.

boogie8A Boogie, como a todos, lo han tratado mal los años y los kilos.

Inusual en una tira cómica de su naturaleza, el paso del tiempo es un fenómeno bastante claro al ir avanzando en los tomos de “Boogie, El Aceitoso”. Comenzando por ese delgado y pecoso joven, con su juventud contrastando con su ocupación, vamos percibiendo los estragos de los años, el aumento de peso, el cansancio, el descuido personal, hasta terminar con un hombre mayor, entre la opulencia y la obesidad, con una barba dejada y ropa descuidada. Sus historias también va cambiando, con el tiempo deja de ser ese chico asesino que saltaba a la acción a la mínima oportunidad y termina por no parpadear ni mover un dedo ante el mundo que se desenvuelve frente a él. Él mismo no deja de ser efecto colateral de la violencia que genera, porque como dice uno de sus vecinos: ‘¿no es acaso violencia la desocupación? ¿no es violencia el smog, el aire sucio y asesino de esta ciudad? ¿no es acaso violencia tener que levantarse al alba con cincuenta grados bajo cero para ir a trabajar?’.

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“Boogie” empezó a publicarse en México en la revista Proceso en 1977 y llegó a ser muy popular, siendo publicado también durante tres década y consiguiendo que cuando alguien se animó a hacer la película animada ésta fuera una co-producción entre Argentina y México. Con terribles resultados, como suele suceder cuando hacen películas de cómics que consisten en chistes cortos, cuyo metraje termina siendo una trama-excusa para hilar momentos representativos de la historieta a como den lugar.

boogie10Yo esperaba que Boogie tuviera acento argentino, para hacerlo más cómico al menos, pero no.

Irónicamente está visto que la ironía no es para todos, y Fontanarrosa comentó alguna vez que a partir de que Boogie se volviera un personaje famoso al igual que sus publicaciones, recibió muchas cartas de personas que se alegraban precisamente de las acciones que el cómic trataba de denunciar, encontrando genial que por fin hubiera una historia ‘tan valiente’ como para defender valores perdidos como golpear a las mujeres y discriminar a los negros. Maravillosa América Latina.

Boogie tuvo, quizás, un primo, Ultra. Un agente secreto freelance que pese a tener una línea de trabajo parecida se aferraba a valores opuestos (además de aferrarse también a un surrealismo desconcertante). Quizá en otra ocasión nos toque hablar de él.

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