Para no quedarnos sólo con lo que va llegando poco a poco hasta las grandes pantallas, aprovecharemos el primer viernes de cada mes para hablar de películas que ya tengan ya algún tiempo pero vale la pena buscar. Y para comenzar (redoble de tambores): “Yojimbo”.

Hablar de cine de samurais es hablar de Akira Kurosawa. Y un poco a la inversa, aunque Kurosawa hizo mucho más que sólo cine de samurais. Varias de sus obras suelen encontrarse entre las típicas listas de ‘las 10 mejores películas de samurais’ e incluso se suele decir en casi todos los casos que la mejor es, sin dudarlo, “Los 7 samurais”. También fue el primer director japonés en ser internacionalmente reconocido, lo que ayudó en gran medida a que el cine nipón fuera abriéndose camino en los festivales por todo el mundo.

yojimbo2Kurosawa apareció en el panorama en un momento en que nadie sabía muy bien qué pasaba con Japón, era un país que se había mantenido aislado del mundo durante casi toda su historia reciente, y de pronto parecía que no sólo tenía su propia producción cinematográfica sino que, además, era bastante buena. El as bajo la manga de estos nuevos grandes maestros del cine japonés era que estaban no sólo en control de su propia tradición cinematográfica (que había producido movimientos bastante interesantes por haberse desarrollado durante muchos años sin conocimiento de lo que sucedía en el resto del mundo) sino que también habían sido ya influenciados por los clásicos consagrados del cine mundial. Y Kurosawa particularmente aprovechó todos esos conocimientos para hacer un cine que pudiera ser tan individual, tan japonés, como universal. Partiendo de arquetipos conocidos y aprovechando toda clase de influencias.

“Yojimbo” (o “Yôjinbô” o “El mercenario”) (“El mercenario”, háganme el favor) es una suerte de muy libre adaptación de la novela “Cosecha roja” de Dashiell Hammett, un clásico policíaco que en su momento significó una reinvención del estereotipo del detective, alejándose de esas figuras clásicas y refinadas de hombres dedicados a la observación y el razonamiento deductivo para resolver sus casos. El Agente de la Continental, protagonista del libro de Hammett, si bien es también un gran observador, no se toca el corazón para resolver las cosas a golpes y engaños cuando es necesario. Y es un poco a partir de este modelo que Sanjuro, el *yôjinbô* de la historia de Kurosawa, rompe también (como otros tantos personajes del director) con el estereotipo más consagrado del cine de samurais.

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En lo que a mí respecta, Toshirô Mifune era un samurai haciéndose pasar por actor.

Un ronin, samurai sin señor, llega a una población que se encuentra asolada por el enfrentamiento entre dos grupos criminales (yakuzas retro, todos podemos imaginar). Apenas parecen quedar unos pocos aldeanos ajenos al enfrentamiento que consiguen disuadirlo un poco para intervenir, además de que por ahí aparece una emotiva subtrama que quizá haya llegado a tocar una fibra sensible en el corazón de Sanjuro.

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(Quizás no y cualquier excusa era buena para ir dando de katanazos por la vida)

A partir de entonces Sanjuro juega a dos bandos, comprometiéndose, traicionando y confundiendo a ambos grupos criminales por igual. Enredando la trama de manera cuidadosa y extremadamente bien pensada, demostrando que no se trata tan sólo de un samurai errante más (que abundaban en aquel entonces), y consiguiendo una más que inteligente película de acción.

yojimbo6El cine de Kurosawa aparece en un momento en que la figura del samurai comenzaba a ser problematizada en pantalla. Si hasta nuestros días ha llegado una imagen bastante romántica sobre lo que eran estos guerreros no debería costar el imaginar cómo debieron ser retratados en los inicios de su subgénero. Guerreros incorruptibles que seguían firmemente el código del bushido y que encarnaban todos los valores positivos de la nación japonesa. Durante muchos años fueron los indudablemente *buenos* en un cine maniqueo de acción que no profundizaba en ellos como hombres y en la problemática que su condición humana representaba al momento de tener que tomar juicios donde se confrontaba su deber como guerreros y su consciencia como individuos.

Para ello el director sitúa temporalmente varias de sus películas en una época alejada del resplandor del samurai, acercándose más hacia la decadencia del imperio japonés, cuando las pequeñas cortes comenzaban a tener problemas y un gran número de samurais errantes comenzaban a  poblar las calles. Ronins que habían perdido a su señor y con él también el camino del guerrero, y que ya no se movían guiados por ninguna clase de valor ético sino por beneficio propio.

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Y ahí comienza lo que ya todos sabemos: que en Japón todos saben karate y usar katanas.

La contraposición es más clara en “Los 7 samurais” si vemos algunos ejemplos de ronin que se pasean al inicio cuando están formando al grupo, y el temple intachable de los que finalmente lo conforman (sobre todo Kambei Shimada). Por ello resulta tan interesante la conformación del personaje de Sanjuro que parece una conciliación extraña de todos estos sentimientos encontrados: por una parte se rige por un código de conducta claro pero al mismo tiempo es un código establecido por él mismo y que por ese mismo motivo puede adaptarse fácilmente a sus necesidades. De modo que si bien parece movido por la intención de ‘actuar bien’, no teme traicionar,  engañar, y qué decir asesinar a cuantos estén a su paso si es necesario para conseguir sus propósitos.

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Oh, aquellas épocas locas.

Tratándose en este caso de una trama localizada en un espacio reducido pero con un alto grado de complejidad, Kurosawa aprovecha herramientas teatrales para la puesta en escena consiguiendo, además, una narrativa visual increíblemente bien lograda para lo que podría verse como ‘una película de samurais’ (ya que los subgéneros de acción siempre han tendido a verse como géneros menores) (además ¿qué no había inventado ya Kurosawa para inicios de los 60?). Sus estrategias para delimitar espacio y mostrar los movimientos de masas (finalmente hay un montón de personajes fugaces) son maravillosas, y Takashi Miike las aprovecha hasta la hipérbole para su libre-reinterpretación-remake-remix, “Sukiyaki Western Django”.

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Eso, muchachos, sin perder el estilo.

Ésta es una de tantas libres reinterpretaciones de la obra de Kurosawa que han existido a lo largo de los años. Una de las más originales, hay que agregar, ya que se vale tanto de la pieza original como de los elementos western de otra de sus primeras reinterpretaciones, “Django” (¿que les suena muy Tarantino? Adivinen, el director mismo hace un cameo en la película de Miike). Hubo otra versión western más, con el buen Clint, “Por un puñado de dólares”, y varias otras películas que hacen referencia tanto a “Yojimbo” como a la estructura narrativa de “Cosecha roja”. Everything is a remix.

Además, ¿ya les dije que Kurosawa fue el primero en usar esa más que recurrida estrategia de hacer que la sangre explote del cuerpo humano (que ahora vemos en cualquier producción japonesa y/o de Tarantino)? Se los juro, Kurosawa lo inventó todo. ¿No lo aman?

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Yo creo que era un samurai haciéndose pasar por director.

“Yojimbo” o “Yôjinbô” o “El mercenario” es una obra maestra japonesa de 1961 dirigida por Akira Kurosawa y protagonizada por Toshirô Mifune (*EL* samurai y actor de fetiche del director, si existe algo así como el concepto platónico de samurai seguro se ve como él), Takashi Shimura (otro actor fetiche de Kurosawa, además de ser quien nos salvó de la primera amenaza de Godzilla) y Tatsuya Nakadai (otro gran samurai-actor), entre otros. Tiene 8.4 en imdb y ¿ya mencioné que es una obra maestra? Es una película relativamente fácil de conseguir (la he visto en esas ofertas de mixup por $50 y suele encontrarse en videocentros, si es que todavía es usual rentar en esos establecimientos), además de que puede rentarse online en amazon y creo que en netflix (no me deja buscar en el catálogo si no estoy inscrita, oh).